Aprendiendo a esquiar en Val Thorens

Nunca es tarde para aprender a hacer algo nuevo. Salvo si hablamos de esquiar.

La primera vez que me calcé unos esquís debía tener unos 27 o 28 años, y en lo único en lo que podía pensar era en el pánico que me daba despeñarme por un acantilado, partirme la cara contra un árbol, caerme llevándome por delante algún niño, o simplemente caer en una mala postura y romperme una rodilla. Mientras a mí me costó horas lanzarme por una pista verde (de las facilongas) yo sola y a velocidad de tortuga, los niños que no me llegaban a la altura de la cadera me adelantaban a velocidad de vértigo sin despeinarse.

Los niños no temen a nada, por eso es mejor aprender desde pequeño, para perderle el miedo, porque el miedo está en tu cabeza. Obviamente si nos ponemos a esquiar fuera de pista haciendo el cafre corremos un riesgo, pero es imposible despeñarse por un acantilado bajando una pista verde. Yo lo sé, soy consciente de que el peligro en una pista verde no existe, o es equiparable al de resbalar por la calle y caerte haciéndote daño, pero mi cerebro le manda señales a mi cuerpo advirtiendole de que puedo morir y todos mis músculos se tensan.

Pero a pesar de ser una miedica, el pasado mes de Diciembre me armé de valor (o no) y fui con unos amigos a esquiar a Val Thorens, en Francia.

Llegar a Val Thorens

El trayecto en coche desde Bruselas, aunque fue largo, transcurrió sin incidencias, pero la última etapa se nos hizo un poco cuesta arriba en todos los sentidos. Cuando sólo faltaba una media hora para llegar el coche empezó a patinar a causa del hielo y la nieve en la carretera. Llevábamos cadenas, pero no eran de de la talla de las ruedas sino un poco más pequeñas. Aún así, se las pusimos. Hablo en primera persona del plural, pero yo me limité a alumbrar con la linterna.

Arrancamos con las cadenas puestas, pero no pudimos avanzar mucho, un par de kilómetros a lo sumo. Un ruido sospechoso nos hizo echarnos a un lado y parar. Al bajar del coche vimos el desastre, habíamos reventado las cadenas. Al ser más pequeñas de lo que debían se habían deslizado por la rueda y habíamos rodado por encima de la clavija de cierre destrozándola.

El daño ya estaba hecho, pero conseguimos avanzar unos pocos kilómetros más hasta la primera zona civilizada que encontramos, St. Martin de Belleville. Allí preguntamos por algún comercio donde pudiésemos comprar cadenas y nos dijeron que comercio no había, pero sí que había un taller, el taller de Guy.

Garaje Guy

Garaje Guy

Llamamos para confirmar que tuviesen cadenas de la talla que nos interesaba. Buenas noticias, las tenían. Malas noticias, nos costaron 115€. Lo barato sale caro. Habíamos llevado las cadenas de la talla que no era por ahorrar, ya que eran prestadas, y al final tuvimos que comprar unas nuevas más caras que si las hubiésemos mirado con tiempo y encima reponer las que nos cargamos.

Aprovechamos la parada para cargar pilas con un chocolatito caliente y unos cruasanes franceses que nos supieron a gloria mientras fuera estaba cayendo nieve sin parar, unos copos hermosos y grandes como puños (no estoy exagerando nada…).

Al salir del café, y antes de haberme puesto los esquís, ya tuve mi primera caída de culo. Mientras caía sólo podía pensar “el coxis no, el coxis no…”, ya que en mayo me lo había lastimado en una caída tontísima en casa bajando las escaleras. Por suerte no me hice daño, hubiera sido un comienzo de vacaciones grandioso.

Después de poner las cadenas, esta vez las buenas, no tuvimos más incidentes. Llegamos a Val Thorens e intentamos hacer el check-in en el apartamento que habíamos alquilado, pero no quedaría disponible hasta las 16h. Eran las 10h30 :(. Lo único que podíamos hacer era pasear, hacer la inscripción en el curso de esquí que había reservado previamente on-line con Ski Cool y comer, por ese orden.

Val Thorens

Val Thorens

El día se nos hizo larguísimo. Habíamos salido de Bélgica la noche anterior y “dormido” en el coche. Necesitábamos una ducha y reposo. Cuando por fin nos dieron las llaves del piso disfrutamos de la ducha como si fuera la última. Al menos yo.

El apartamento en teoría era para 6 personas. Nosotros éramos 4 y estábamos cómodos, para 6 lo veo un poco justo. Había dos habitaciones, una de ellas con dos camas individuales y otra con cama de matrimonio (sofá cama). Ésta última con televisión y ventana que daba a la calle. Por otro lado estaba el salón con cocina americana, donde había otro sofá cama. El baño con bañera y ducha separado del retrete. En el edificio había una zona para dejar los esquís ya que no se puede subir con ellos a los pisos, aunque mucha gente lo hacía. El espacio habilitado para ello disponía de taquillas asignadas a cada apartamento. Las vistas desde el apartamento, simplemente geniales.

Val Thorens desde el apartamento

Val Thorens desde el apartamento

La ubicación es perfecta. Al lado de las pistas y con todos los servicios necesarios en la misma calle o a 10 minutos a pie como máximo: bares, restaurantes, supermercado, tiendas, un centro de deportes, bolera, cine, escuelas de esquí…

Val Thorens es una estación de esquí muy animada, tanto de día como de noche. La diversión para todos y a cualquier hora está asegurada.

Por fin a esquiar

El primer día después de nuestra llegada estaba nerviosa por empezar el curso de esquí con Ski-cool. Como una niña que empieza en el cole y va a conocer a sus compis nuevos. Me estresaba un poco la idea de compartir grupo con gente con más experiencia y quedarme rezagada, o tener que realizar ejercicios para los que aún no me sintiese preparada. Pero el primer día fue genial. Consistió basicamente en refrescar conocimientos: cómo frenar haciendo cuña, cómo girar, avanzar en superficie sin desnivel… Sin estrés el primera día con una monitora encantadora que sabía explicar los conceptos de manera clara y darnos seguridad para realizar los ejercicios.

A partir del segundo día cambiamos de monitor, pero igualmente un chico encantador con paciencia infinita para esperarme (siempre me quedaba la última del grupo) y explicarme todo dos veces: la primera en inglés para todo el grupo y la segunda en español, porque hablaba un español perfecto.

A medida que fueron pasando los días me fui quedando efectivamente rezagada. Como decía al principio, soy una miedica. No es que tuviésemos que hacer cosas complicadas, pero en mi cabeza todo resultaba peligrosísimo así que, además de ir tensa con el cuerpo tieso como un palo de escoba, prefería ir segura y despacito. Aademás, al ir tan tensa todo el tiempo, me cansaba rapidísimo.

Además de aprender a esquiar y disfrutar de la experiencia, disfrutamos de paisajes increíbles, de esos que te hacen pensar “qué guay haber visto esto antes de morir” (aunque después de morir uno ya no vea nada).

Les trois vallées

Les trois vallées

No sólo esquiar

Como decía antes, Val Thorens es una estación de esquí super animada con un monton de bares, restaurantes y actividades además del esquí.

Como información práctica, en unas galerías comerciales se encuentra el Centre Sportif, al cual nosotros no fuimos para hacer deporte sino a ducharnos. Y es que el último día de nuestra estancia en Val Thorens teníamos que hacer el check-out a las 10h, pero yo tenía curso y mis amigos querían aprovechar el día para esquiar puesto que no nos iríamos hasta la noche. No nos cundía meternos en el coche todos sudorosos y cansados después del día de esquí para emprender la vuelta a casa, así que nos vino de lujo que el Centre Sportif ofrezca la posibilidad de acceder a las duchas por el módico precio (irónico) de 4.5€. Sí, es un poco caro, pero a mí la ducha me vino estupendamente.

 

No sé si repetiré experiencia el año que viene, pero si me dice que va a estar igual de bien seguro que no me lo pienso. No habrán tenido tanta suerte los que hayan decidido irse estos días, ya que ha habido tormenta, demasiada nieve y riesgos de avalancha en carretera, así que muchos accesos han sido cortados 🙁

 

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